CIRIO DE FE, ESPERANZA Y CARIDAD PARA NUESTRA CANDELERÍA

Mayo 2021.

Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.

Primer día de mayo con María en el corazón.
Se dice con acierto que el tiempo Adviento es el más mariano del calendario litúrgico. En este periodo, contemplamos la espera de María y celebramos sus grandes fiestas, especialmente, la gran festividad de la Inmaculada.
Pero mayo, con su floreciente primavera llena de color, devocionalmente es el de gran mes de María, la más bella de las flores creadas por Dios. Con Ella celebramos la fiesta de la Vida, cantamos el aleluya triunfante de la Resurrección y esperamos la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Durante este tiempo es más sencillo recorrer a su lado los caminos que propone Jesús, recrear la esperanza, fortalecer la confianza y unir las manos para tejer la concordia en nuestro pequeño mundo.
Recuerdo mi infancia. Al colegio llevaba cada semana un ramo de flores a María que depositábamos a los pies de una imagen de piedra del patio y le ofrecíamos cada día nuestras ofrendas espiritual
Hoy comienza el mes de María y de su mano vamos al encuentro de Jesús. María es Madre, Madre de la Iglesia y Madre de Dios. ¡Qué bonito es recordarlo y celebrarlo!
María, corazón espiritual de los cristianos, es el regalo más preciado que nos dejó Jesús en el último momento de su vida: «Ahí tienes a tu Madre». ¡Qué generosidad tan grande convertir a María en la Madre de los que nos consideramos discípulos de Jesús!
Nos entregamos este mes enteramente a María. Le entregamos nuestra vida, nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestro compromiso apostólico, nuestras cruces y nuestras caídas. Le entregamos a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestras comunidades parroquiales, a nuestras comunidades conventuales, a nuestras hermandades y cofradías, a nuestros colaboradores, a los alejados de nosotros por sus ideas y sus actitudes. Le entregamos todo nuestros ser para que encienda su amor en nuestro corazón y en el de todos los que amamos.
¡María, Madre del amor hermoso, Reina del Universo, Madre de la Iglesia, enciende en nuestro corazón un amor grande hacia Ti y hacia Jesús! ¡Permítenos, María, refugiarnos en este mes de mayo en tu santo corazón para tomar de Ti tus virtudes y tus enseñanzas! ¡En este mes que comienza nos consagramos enteramente a Ti, queremos que nuestro corazón se convierta en un pequeño santuario donde repose tu amor, y con tu presencia resplandezca dándole brillo que ilumine al prójimo! ¡Haz que nuestras manos sean como las tuyas, modelo de entrega, servicio, amor, ternura y generosidad! ¡Que en este mes de mayo seamos capaces de esparcir tu perfume de rosas entre los que nos rodean! ¡Queremos regalarte flores, guirnaldas y coronas pero no materiales sino espirituales en forma de piedad y de virtud! ¡Abre, María, durante este mes de mayo nuestro corazón al amor, que la inocencia y sencillez de nuestro corazón se impregne de tu amor! ¡Ayúdanos a que todos nuestros actos, nuestros gestos, nuestras palabras, nuestros sentimientos y nuestras actitudes tengan la misma pureza, caridad y humildad que tienen los tuyos y aparta de nosotros el mal que pueda haber en nuestro corazón! ¡Tómanos, María, de tu mano para ser más delicados, pacientes, caritativos, amorosos, esperanzados y humildes! ¡Tú, María, eres la más bella flor creada por Dios, que de ti broten en nuestro corazón y florezcan todos los frutos de la gracia divina! ¡Llévanos, María, en este mes de mayo a Jesús y permítenos ser luz para los demás! ¡Camina con nosotros, María! ¡Lucha con nosotros, María! ¡Derrama el amor de Dios en nuestra vida y en la de los que amamos y no permitas que nunca se turbe nuestro corazón porque Tú estás con nosotros! ¡Todo tuyo y todos tuyos, María!
Hoy, primero de mayo, la Iglesia celebra la Fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores, fecha que coincide con el Día Mundial del Trabajo. Le pedimos a san José que proteja ante Dios a todos los trabajadores del mundo y permita dignificar al hombre por medio de un trabajo digno, trabajo tan necesario y urgente para tantos hermanos en esta situación de precariedad laboral, propiciada por la crisis sanitaria.
Miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les ofrecemos la mejor flor, nuestra vida ofrecida y marchitada en bien de los demás. Seamos buena fragancia de Cristo, ¡al cielo con Él! ¡Todos de frente valientes! Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un mes saludable, santo, fecundo, y sin temor alguno.

José Gabriel Martín Rodríguez. Consiliario de la Real Federación de Hermandades y Cofradías de la Semana Santa de la Ciudad de Granada.


Abril 2021.


Marzo 2021.

Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.

Otro día de luz en la vida del cristiano. Miércoles de ceniza. E l día que al que uno se le recuerda con la señal de la cruz en la frente que «polvo eres y en polvo te convertirás», o la invitación «¡Conviértete y cree en el ervangelio!».. Las cenizas son los restos de lo que se ha consumido. Un signo que recuerda nuestra condición precaria y nuestro triste estancamiento en el virus del pecado. Uno también puede mirarse en el fuego que ha producido esas cenizas. Para mí, en mi condición de cristiano, ese fuego es el amor divino… Y la Cuaresma surge, entonces, como ese fuego que arde bajo las cenizas: el amor de Dios que se me —nos— ofrece cada momento de nuestra existencia.

Comienza un tiempo de preparación y de purificación del corazón. Un camino para alcanzar la meta de estar repletos del amor de Dios.

La Cuaresma es ese recordatorio de la presencia de Dios en nuestra vida, es la constatación de que Dios, por medio de Cristo, se hace pobre para el enriquecimiento de nuestra vida por medio de su pobreza. Es la constatación viva de la generosidad amorosa de Dios hacia el hombre por Él creado. Es el signo de su donación total.

Hoy comienzan cuarenta días de preparación para la Pascua. Los queremos vivir con un corazón purificado, en ayuno de nuestras dependencias temporales, de nuestros egos personales, de aquellos hábitos que llenan nuestro tiempo, de esos comportamientos que lesionan al que tenemos cerca, de esas palabras que hieren o esos juicios que dañan. Un tiempo para pedirle al buen Dios que nos libere de esos males, los cure, los purifique y los sane.

El medio para conseguirlo y tener al mismo tiempo más cercanía con Dios y con el prójimo es la oración. La oración con el corazón abierto es la mejor preparación para la Pascua. La oración es poner a tumba abierta el yo ante la presencia del Padre, es reconocer la pequeñez de tu vida y reconocer la necesidad de Dios en tu propia existencia. La oración purifica el corazón, las propias experiencias vitales, la expectativas que uno se crea, los deseos que anhela el corazón, la actitud hacia el prójimo. La oración es la válvula que oxigena el alma. Es el encuentro con el amor incondicional que es Cristo.

Pero la Cuaresma es también el encuentro amoroso con el hermano para ofrecerle más tiempo, más corazón, más presencia, más servicio. Es tiempo para compartir, para consolar, para perdonar, para dar esperanza, para dar amor, para servir… en consonancia con la actitud de Cristo en su entrega amorosa a los demás.

Hoy, miércoles de ceniza, nos levantamos con la alegría de que nuestro corazón puede ser purificado. «Polvo eres y en polvo te convertirás», «¡Conviértete y cree en el evangelio!». No nos queda más que esforzarnos a dar lo mejor de nosotros porque estas frases nos recuerda que según los méritos de nuestra alma avanzaremos hacia la gloria de un cuerpo espiritual.

¡Gracias de nuevo por este nuevo encuentro que nos ofreces en estos cuarenta días de Cuaresma caminando junto a Tu Hijo! ¡Queremos, iniciarla, Señor, con un amor desbordante, con un compromiso auténtico, con la intención de interpretar los signos de este tiempo! ¡Ayúdanos, Jesús, a caminar contigo! ¡Ayúdanos, con la fuerza de Tu Espíritu, a vivir el espíritu de sacrificio! ¡Necesitamos, Señor, tu mirada, tus pies, tus manos, tus ojos, tu voluntad y tu memoria! ¡Lo necesitamos como el aire que respiramos! ¡Necesitamos, Señor, tu amor, tu comprensión, tu corazón, tu alma, tu mente para transitar en estos cuarenta días como quiere el Padre! ¡Entra en nuestro corazón, Señor, y acompáñanos cada uno de estos cuarenta días para sembrar amor, alegría, paz, generosidad, humildad, compromiso…! ¡El camino es largo, Señor, hasta la Pascua pero contigo a nuestro lado todo será más fácil y llevadero! ¡Son cuarenta días, Señor, en los que te pedimos que nuestras tristezas se conviertan en alegría, nuestro egoísmo en sencillez, mis falta de caridad en servicio amoroso, mi pecado en gracia, mis soledades en grata compañía, nuestros desánimos en esperanzas…! ¡Caminemos juntos, Señor! ¡Es lo que te pedimos en este día para transitar los cuarenta restantes hacia la Cruz a la luz de la gracia! ¡Gracias, Señor, porque en este tiempo de búsqueda, de discernimiento, de austeridad, de prueba y de conversión nos invitas a no mostrarnos indiferentes y a vivir desde la pequeñez de nuestra vida! ¡Somos tierra, Señor, somos polvo, somos nada! ¡Pero te tenemos a Ti que lo eres todo! ¡Gracias, Señor, por tanto amor y misericordia!

Miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que nos concedan la gracia de una conversión autentica, porque esta es la hora de la Conversión ¡al cielo con ella! ¡todos de frente valientes!.

Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un mes saludable, santo, fecundo, y sin temor alguno.

José Gabriel Martín Rodríguez

Consiliario de la R.F.HH.CC. de Granada.


Cuaresma 2021.

“Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

En el calendario cristiano llega la Cuaresma, un nuevo tiempo litúrgico que nos invita a la conversión, y a prepararnos para la fiesta de la Pascua. Es un tiempo idóneo para la reflexión, de penitencia, de un examen de conciencia, arrepentirnos de nuestras faltas y decidir firmemente cambiar, convertirnos, para vivir realmente en la presencia de Jesús.

La Cuaresma de 2021, será esencial, evangélica, litúrgica. Cuaresma templo adentro, desde el corazón dolorido y la esperanza a punto. La anterior fue la del miedo, la del silencio en el claustro familiar, sin culto ni sacramentos presenciales.

Pero no fue la nada. Hubo interiorización del Misterio, oración a solas y en familia, celebración desde el sacerdocio bautismal, en los templos de nuestros cuerpos. Vivimos, sufrimos un ayuno intenso, sin celebraciones, sin la “eklesia”, sin procesiones.

Y ahora, la Cuaresma con recortes, con el miedo enroscado. Busquemos lo esencial. La Cuaresma llama a nuestras puertas. Vivamos su mística. Cuaresma en silencio. Sin pueblo a pie de calle. Pero más parecida a la primera Cuaresma de Jesús en la anchura del Desierto y en la espesura de la noche y del riesgo. 

Que esta Cuaresma sea camino de conversión y oración; de compartir nuestros bienes; para reconsiderar la fe que viene de Cristo Resucitado, la esperanza animada por el soplo del Espíritu, y el amor que se renueva en el corazón misericordioso del Padre.

Miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que nos concedan la gracia de No endurecer el corazón. Escuchemos la voz de Dios acogiendo su Palabra. Volvamos nuestra mente y nuestro corazón a Dios en esta cuaresma. Dejémonos reconciliar por Dios para celebrar con gozo la Pascua del Resucitado.

Que la Virgen María, «humilde y elevada más que otra criatura» y san José, en este su año, nos ayuden a reconocernos como somos, es decir, como pequeños; y a alegrarnos al abrir el corazón para encontrarnos con el Señor y con Él, y en Él, vivir como hijos de Dios.

Se abren las puertas de la Cuaresma, ¡todos de frente valientes en nuestra particular estación de penitencia!.

Recibid un fraterno abrazo y el deseo de una cuaresma saludable, santa, fecunda, y sin temor alguno.

José Gabriel Martín Rodríguez

Consiliario de la R.F.H.C. de Granada


Febrero 2021.

Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.

Inauguramos el mes de febrero y lo quiero hacer con María en el corazón. María, Señora de la Confianza y Madre de nuestra fe. Sabemos, en conciencia, que cuando en el mar de la vida se levanta una gran tormenta, con olas gigantes que agitan interiormente, uno siente la tentación de clamar como hicieron los apóstoles a Jesús: «¡Maestro, despierta, que perecemos!». Ante este grito desgarrador de súplica Jesús se levanta y, extendiendo sus brazos, se impone a los vientos y a las olas que quebrantan la paz y la serenidad del corazón. A continuación, surge su reproche por la falta de fe y de confianza: «¿De qué y por qué tenéis miedo?». Esta imagen es muy recurrente en nuestra vida, más aun, en las circunstancia de crisis sanitaria y económica que vivimos. Cada vez que grandes tormentas amenazan nuestra  frágil estabilidad mundana Jesús nos enseña que nada ni nadie debe desestabilizar nuestra relación de confianza con Él si anhelamos convertirnos en auténticos discípulo suyo. Cada prueba de nuestra vida es una pedagogía del amor de Dios y de confianza en la providencia divina. Es en la prueba donde nuestro yo cristiano tiene la oportunidad de fortalecer el precioso don que hemos recibido del Espíritu Santo: la fe.

Cada prueba es una oportunidad de demostrarle a Dios que realmente creemos en Él, que cada acto de fe que profesan nuestros labios se convierten en un acto de amor verdadero; que toda  nuestra voluntad se adhiere a su Providencia. Dios no impedirá nuestro sufrimiento pero lo transformará en fuente de gracia. Eso nos hace sentir la certeza de que no caeremos nunca en el abismo si creemos en Jesús.

Hay una evidencia cierta. Dios siempre da más de lo que esperamos. Dios se hace presente en cada acontecimiento de nuestra vida, incluso con esa apariencia de silencio con dosis de una ausencia desgarradora, pero en realidad esconde el misterio inefable de su amor omnipotente. Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que Él llamó según su designio. Es el orgullo y la soberbia los que frenan la eficacia de la fuerza del amor de Dios en nuestro corazón. Y es la humildad la que permite  cualquier milagro del Señor. Lo hermoso sería poder decir, en la tormenta de la prueba: «Señor, no te hemos despertado aun cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor porque tenemos certezas de tu presencia. No es necesario que calmes las olas y el viento ya que a tu lado nada tememos porque contigo nos bastamos».

El ejemplo más clarividente de confianza es María. Ella en sí es escuela de confianza. María vivió su fe con firmeza y con un abandono incondicional a Dios siguiendo a su Hijo en el camino del Calvario. En medio de la más terrible tormenta de la historia, la del odio del infierno contra el Redentor del Mundo que le provocó la muerte en Cruz, cuando todo parecía perdido y fracasado, Ella estaba allí. A los pies del madero santo. No levantó la voz. Se mantuvo en silencio. Confiaba en la promesa de su Hijo de resucitar al tercer día.

Dudar en tiempo de zozobra no es posible si uno está plenamente unido a los corazones de Jesús y de María. Y eso es lo que le pedimos a María en este mes de febrero, confianza plena, fe firme y abandono sin dudas.

¡Sí, María, Madre de la fe y de la confianza, Tu nos enseñas cada día a no dudar de Jesús, a tener confianza en los designios del Padre, a confiar plenamente en la fuerza salvadora de la Redención que actúa por mero amor y misericordia! ¡Ponemos en tu corazón de Madre todas nuestras luchas, nuestros miedos, nuestras incertezas! ¡Bajo el refugio de tu misericordia, María, nos refugiamos para caminar contigo en los mares procelosos de la vida! ¡Salve María, que estás íntimamente unida a la consagración redentora de tu Hijo! ¡Ilumínanos en el camino de la fe, de la confianza, de la esperanza y de la caridad! ¡Ayúdanos a vivir en la verdad y en el abandono en Cristo Tu Hijo! ¡Inmaculado Corazón de María, ayúdanos a vencer la amenaza del mal que tantas veces se arraiga en nuestro pobre corazón y nos hace perder la confianza y la esperanza y ofusca en nuestro corazón la verdad misma de Dios! ¡Que seas tú siempre ejemplo, María, que creíste ciegamente en la Palabra del Señor, esperaste siempre sus promesas y fuiste perfecta en la espera y en la confianza! ¡Ayúdanos a tener siempre un espíritu confiado y que vivamos piadosamente en constante acción de gracias por las dádivas del Padre y que nunca nos mostremos ingratos con lo que nos suceda en la vida! ¡Concédenos, María, no apartar de nuestro corazón el amor a tu Hijo, que le demos siempre infinitas gracias por todos los beneficios que de Él recibimos!

Miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que en el mar de nuestra vida, zarandeado por la tormenta de la pandemia, su Amor venza al temor, y al Amor nos lancemos, porque esta es también la hora del amor que todo los vence y todo lo puede ¡al cielo con él! ¡todos de frente valientes!.

En este día de nuestro Santo Patrón San Cecilio, agradezcamos el don de la fe que nos legó, y pidamos su intercesión para que el Señor nos aumente la fe. San Cecilio protege a tu ciudad y a tu diócesis de Granada y líbranos de todo mal. 

Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un mes saludable, santo, fecundo, y sin temor alguno.

José Gabriel Martín Rodríguez

Consiliario de la R.F.H.C. de Granada


Enero 2021.

Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.

¡Que Dios bendiga el Año Nuevo a todos ! ¡Que el Señor os bendiga y os guarde! ¡Haga brillar su rostro sobre vosotros y os traiga la paz!

Ha comenzado un nuevo año, cuyas páginas están en blanco. ¿Qué eventos sucederán en nuestra vida personal y comunitaria? ¿Qué eventos sucederán en todos nuestros ámbitos y ambientes: familiares y laborales, sanitarios y educativos, políticos y económicos, sociales y lúdicos, eclesiales y cofrades,…? No es el momento de jugar a las adivinanzas o de entrar en predicciones. Lo importante es saber con qué espíritu queremos vivir este nuevo año que hoy comienza. En qué dirección se dirige a nuestras raíces.

Vivir un año nuevo de una manera fácil y satisfactoria es dejar caer lo que nos pesa, lo que nos encarcela y limita y dejar entrar en nuestro corazón un aire fresco y renovado. Cuando un año nuevo comienza a dar sus primeros pasos es necesario mirar hacia adelante con una mirada nueva. Pero esta mirada dirigida hacia nuevos horizontes no debe alejarnos de lo que somos. Cortar con las propias raíces es condenarse a un caminar errante, a una vida blanda e inconsistente. ¿Y cómo mantenernos en contacto con nuestras raíces?

Dejando de lado la mundanalidad de los problemas reales y verlos desde la perspectiva de un discípulo de Cristo.

Para un cristiano, una de las muchas maneras de mantenerse en contacto con sus raíces es dejarse animar y habitar con la presencia maternal de María. Y esto es lo que la fiesta de María, Madre de Dios, que inaugura el año, nos permite interiorizar.

Jesús, siendo el mismo Dios, es el hijo de una mujer. Cada uno de nosotros también somos hijos e hijas de Dios. Y como Jesús tenemos a María como Madre. Lo dejó claro Jesús desde lo alto de la cruz a san Juan, que representaba a la humanidad entera: «Aquí tienes a tu Madre». María es Madre de la Iglesia. Ella es Madre para todos y cada uno de nosotros. Es también la Madre de la Iglesia porque le dio al mundo la persona que da vida a la Iglesia y que llena nuestras vidas. Este primer día del año nos invita a venerar a María y hacerlo con el rezo del Rosario, del Acordaos, invocándola con frases de amor como «María, en ti confío», «María, ruega por nosotros y por el mundo entero» o «María ruega por nosotros que recurrimos a ti».

Estos gestos de devoción a María reviven y mantienen nuestras raíces al vivir esta filiación que tenemos con Dios pero también con Ella. Nos convertimos así en una especie de pastores que creyendo al ángel acudieron al pesebre de Belén a glorificar y alabar al Dios hecho hombre y contemplaron la bondad y el amor maternal de María para todos y cada uno de nosotros. Hoy podemos, siguiendo el magistral ejemplo de María, recordar las gracias recibidas durante el año duro y doloroso que ha terminado y meditarlas en nuestro corazón. Guardarlas con amor para releerlas y aprender las lecciones para el año que comienza. El ejemplo de María es el espejo en el que mirarnos para comenzar la andadura del nuevo año con una alegría y esperanza renovadas.

¿Qué te pedimos, María, para este año que comienza? ¡Imitarte en tu seguimiento y en tu corazón abierto para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡María, Señora de los humildes, de los desamparados, de los necesitados de amor, cambia nuestra mirada, convierte nuestros puntos de vista, encarna en nosotros la presencia de tu Hijo, embebe nuestro corazón, para que en este año que nace nuestro corazón sea un corazón amoroso y misericordioso que sepa amar y perdonar! ¡María, Virgen fiel a la Palabra, enséñanos este año a escuchar más a Dios, a dejarnos sorprender más por Él, para ir descubriendo la voluntad de Dios! ¡María, Señora de la fidelidad y el compromiso, que te entregaste sin condiciones, enséñanos a ser fieles en el camino, a no desfallecer nunca, a seguir sin dejar caer los brazos! ¡María, Señora de los Dolores, que nos enseñas que la fidelidad tiene momentos de dolor e incomprensión, ayúdanos y permítenos superar este virus con corona que padecemos y hasta lo más difícil! ¡Ayúdanos a ser siempre fieles, fieles al amor compartido a nuestra pareja, entregado a nuestros hijos, compañeros a nuestros amigos y conocidos, misericordiosos con los necesitados y ofrecidos al Padre y a tu Hijo, Señor de la Vida! ¡María, Madre de los que buscan, que sepamos seguir tu ejemplo para ser fieles a Jesucristo, Tu Hijo! ¡Tú que vives el servicio con Amor, danos el valor para vivir la fidelidad a Tu Hijo en la acción solidaria a los que más lo necesitan, a los que sufren, a los que necesitan paz en el corazón! ¡Y en este año, ayúdanos a vivir practicando la fe en obras de justicia, de caridad y de amor para crecer en fidelidad y entrega al Reino de Dios que ha nacido en medio de nosotros! ¡Transforma nuestro corazón, María, para como tu dar nuestro «Sí» decidido al Padre!

Comenzando un nuevo año, miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que de la mano de María este año 2021 se llene para todos y cada uno de alegría, felicidad y paz, de salud, esperanza, fe y amor. 2021, ¡A esta es! ¡Al cielo con el año nuevo! ¡todos de frente valientes!. Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un saludable, santo, pacífico, jubiloso y pacifico año nuevo.

José Gabriel Martín Rodríguez.

Consiliario de la R.F.H.C. de Granada


Navidad 2020.

En Navidad, recibimos el mejor regalo: Jesús. Que siempre, seamos regalo para los demás.

Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades:

Nos gusta la Navidad. Nos gustan los villancicos. Nos gustan los exquisitos dulces de nuestros conventos monacales, algunos sedes canónicas de nuestras hermandades y cofradías. Nos gusta encender la corona de Adviento y rezar a la imagen de Nuestra Madre y Señora en la Advocación de nuestra corporación nazarena. Nos gustan las luces del árbol. Nos gusta la alegría de las calles y del ambiente. Nos gustan los regalos. Para nosotros el gran regalo, el más valioso, es el regalo de recibir a Cristo. Experimentarlo. Sentirlo. Orarlo. Celebrarlo. Es el verdadero sentido y contenido de la Navidad, y así tratamos de vivirlo cada año. Eso no quiere decir que no haya regalos en nuestras casas, que los hay. Pero los mejores regalos navideños no son materiales. Muy importante es el regalo del tiempo. Disfrutar la intimidad de la Navidad dando calidad al tiempo que pasamos con cada persona, escucharla, interesarnos por ella, ver como acaba el año y cuáles son los planes para el que comienza. Es poner en solfa aquello que exclama tan bellamente el salmo: «Amo al Señor porque escucha el clamor de mi plegaria; inclinó hacia mí su oído el día en que lo llamé» (Sal 116, 1-2) o lo que es lo mismo poner en valor la disponibilidad de Dios para la escucha de las necesidades de nuestros hermanos. Es convertir en plegaria la convivencia con los que amamos y con el prójimo. Navidad es también tiempo de entrega, de servicio. Es el «haced como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). Es un tiempo para volcarse más en las necesidades ajenas, especialmente en este tiempo doloroso que ha abierto la covid-19, en que tantas personas requieren de más apoyo emocional, espiritual, económico y humano. Se trata de buscar la mejor forma para servir a aquellos que amamos y cuantos nos rodean. La pandemia nos invita a reducir el contacto humano. El Evangelio de san Lucas recoge uno de los pasajes más extraordinarios. Dice: «Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a echarse a su cuello y lo besó» (Lc 15, 20). Navidad es tiempo de perdonar, de olvidar afrentas, de abrazar al que nos ha hecho daño; es tiempo de reconciliación. Es la realización de lo que escribió san Pedro en su Primera Carta: «Saludaos unos a otros con un beso fraternal. Paz a todos, que estáis en Cristo» (1 Pe 5, 14). Llevar a Cristo en el corazón, razón de la Navidad, es vivir en Él, con Él y para Él dándonos a los demás en fraternal comunión. El mundo ha impregnado la Navidad de materialismo y consumismo. Pero el mejor regalo que podemos hacer a los seres queridos y a quienes nos rodean, somos nosotros mismos. Convertir nuestra presencia en el mejor regalo llenándolo todo de amor, humildad, generosidad, entrega, servicio, reconciliación, perdón. Basta con mirar hacia Belén y ante el portal donde tiene lugar el más grande Misterio de la Historia, buscar la Luz y el sentido de nuestra vida en el único lugar donde es posible encontrarlo: en la inocencia de un Niño, el silencio amoroso y generoso de un Padre y la entrega paciente, amorosa y servicial de una Madre. Un entorno extraordinario de paz, ternura, cariño y amor… sentimientos que pueden impregnar el cotidiano caminar de nuestra vida en Navidad y siempre. ¡Señor, ayúdanos a ser un buen regalo para los demás! ¡A donarnos plenamente, a entregarnos con el corazón abierto, a hacerte presente en la vida del prójimo y llenar su vida de tu presencia! ¡Señor, nos has regalado la fe para compartirla con los demás, para que nuestras preocupaciones y temores no disipen nuestro servicio a los demás, para confiar en que tus designios no nos apartan de la senda del amor; ayúdanos a construir a nuestro alrededor caminos de bondad! ¡Ayúdanos, Señor, a perdonar y a pedir perdón! ¡Ayúdanos a ayudar al prójimo, a servirle, a entregarnos en sus necesidades humanas, profesionales, espirituales! ¡Ayúdanos, Señor, a ser una bendición para el prójimo, ser reflejo de tus virtudes! ¡Ayúdanos a tener un ánimo grande, a ser magnánimos, a tener un espíritu de generosidad, de humildad y de servicio; a aspirar a la santidad cotidiana! ¡Ayúdanos, Señor, a ser como Tú, que no aspirabas a engrandecerte a ti mismo, sino trabajar para Dios, a hacer bien las cosas! ¡Ayúdame a evangelizar con nuestro ejemplo, con alegría, hablando de Ti a través de nuestras palabras y acciones! ¡Señor, conviértenos por medio del Espíritu Santo en el mejor regalo para los demás! Miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que que la celebración de esta Navidad nos conceda y ofrezcamos, el don, el regalo de la paz y la alegría, la salud-salvación y la esperanza que el Señor trajo al mundo y que deseo para todos. Porque en NAVIDAD, RECIBIMOS EL MEJOR REGALO: JESÚS. Que SIEMPRE, seamos REGALO PARA LOS DEMÁS. ¡Todos de frente valientes!. Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un saludable, santo, fecundo, esperanzador y alegre mes.

José Gabriel Martín Rodríguez, consiliario de la R.F.H.C. de Granada.


DICIEMBRE-ADVIENTO Y NAVIDAD 2020

            Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.

            Ayer me encontraba en una pequeña capilla rezando el Rosario, ante una imagen sonriente de la Virgen. Al terminar el rezo de la Salve le dije a María: «¡Gracias, Madre, porque esta sonrisa tuya me permite comprender cuál es el verdadero compromiso del Adviento».

            ¡Que para mí es la alegría! Se lo dijo el ángel a María: «¡Alégrate, María, porque Dios está contigo!». Está con María, está conmigo, está con nosotros, está con la humanidad entera. La buena noticia es la ¡alegría!

            La palabra «¡alégrate!» que pronuncia el ángel en nombre de Dios abre un tiempo nuevo en el corazón del cristiano. Es un acto profundo de fe y de esperanza. Es un canto a la vida, a la comunión con Dios, a abrir el corazón, a sentir la liberación que viene de lo alto.

            La palabra «¡alégrate!» es el centro de la vida del Adviento. Es una palabra que no podemos quedarnos para nosotros, que tenemos que llevarla a nuestro mundo, que no puede quedarse guardaba en la caja fuerte de nuestro corazón sino de llevarla al mundo, compartirla, hacerla vida, comunicarla como hizo María cuando después de la Anunciación corrió a las montañas de Judea para encontrarse con su prima Isabel.

            La palabra «¡alégrate!» es una invitación para que cada cristiano la grite a los cuatro vientos y la comunique con el corazón abierto.

            En Navidad pensamos en los regalos que haremos a nuestras parejas, a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros hermanos… El mejor regalo navideño es llevar la alegría al corazón ajeno. Porque este «¡alégrate!» es gratuito, no cuesta nada: basta con una mirada de complicidad, una sonrisa, un gesto de cariño, un extender la mano al que lo necesita, un decir «¡aquí estoy para lo que necesites!», un acto de entrega, un perdón sincero desde el corazón…

            «¡Alégrate!», por la presencia liberadora de Dios en tu vida; «¡Alégrate!», porque Dios viene a tu vida; «¡Alégrate!», por el regalo de María; «¡alégrate!», por la vida que Dios te regala que es canto de esperanza, acto de amor y de alegría.

            ¡Que en este tiempo de Adviento y en cada momento de tu, de mi, de nuestra vida, no te, no me, no nos falte nunca la alegría!

            ¡Madre, gracias por tu sonrisa cotidiana, por enseñarnos que la alegría es la esencia del cristiano! ¡Gracias, María, por tu mirada alegre, por tu enseñanza amorosa! ¡Gracias, María, porque nos enseñas que lo que Dios espera en este tiempo de Adviento es que estemos alegre! ¡Te pedimos, Espíritu Santo, que iluminaste a María el día de la Anunciación que nos otorgues siempre y en cada instante de nuestra vida el don de la alegría! ¡Te pedimos la alegría de la sonrisa, del corazón, del amor, del perdón; la alegría para cantar las grandezas del prójimo, de la vida que nos ha dado Dios, la del levantarnos de nuestras caídas por la misericordia divina, la nos llena el corazón de luz y de esperanza, la alegría que se abre a los demás, que lucha contra los problemas y las dificultades, que nos une a Dios, que inspira nuestra manera de actuar, que nos lleva a hacer las cosas bien hechas, que se entrega por los demás, que no se queja cuando las cosas salen mal…! ¡Llena nuestro corazón de alegría, como lo llenaste en María, para que sea una alegría repleta de bendiciones, de esperanza y de amor! ¡Danos la alegría para vivir sonriendo la fe, para impregnarlo todo de la sabiduría de Dios que hace que la vida sea motivo de alegría!

            Comenzando un nuevo Adviento que nos prepara a una nueva Navidad (Novedad de Dios en nuestra vida), miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que nos alcancen el ser testigos e instrumentos, monaguillos y acólitos, nazarenos y mantillas, pertigueros y cañeros, costaleros y músicos, todo el cortejo por y para la alegría, porque esta es también la hora de la Alegría que nos nace y todo lo alegra y recrea, ¡al cielo con ella! ¡todos de frente valientes!.

            Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un saludable, santo, fecundo, esperanzador y alegre mes.

José Gabriel Martín Rodríguez

Consiliario de la R.F.H.C. de Granada.


NOVIEMBRE-SANTOS Y DIFUNTOS 2020.

Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.Llega noviembre y se inaugura con la Solemnidad de todos los Santos y la conmemoración de todos los Fieles Difuntos.Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. Por supuesto, tenían que ser poco numerosos y de otros tiempos en los que eran posibles esas hazañas. Gracias a Dios, en los últimos años hemos vivido la canonización o beatificación de personas muy cercanas al hombre de hoy y nos hemos dado cuenta de que los santos no han sido héroes sino simplemente testigos de Dios y de Jesucristo. Eso es lo que intentamos ser también nosotros. Por eso la santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio con su sangre. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos.La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo.Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos.Por otro lado, cuando llega la conmemoración de todos los Fieles Difuntos, me viene a la memoria y al corazón, las palabras de Santa Teresa de Lisieux poco antes de morir: “No muero, entro en la vida”.Creer en Jesús es encontrarse con la persona que es el camino, la verdad y la vida. Cuando uno ha empezado a vivir la vida de Jesucristo, uno está convencido de que esa vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios y el amor no muere. “Amar a alguien significa decirle: para mí tú no morirás nunca” (Gabriel Marcel). Eso es lo que Dios y Jesús me susurran al oído cada vez que renuevo mi fe en ellos. Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina (Juan 6,37-40).Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos estamos venciendo a la muerte y experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama.Al celebrar la eucaristía del día 2 de noviembre, y la de regla en nuestras corporaciones, hagámoslo por todos los difuntos, conocidos y desconocidos, propios y ajenos, y hagámoslo en la certeza de la salvación en la que ya han entrado. La oración nos permite relacionarnos con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Ahora, aunque no los veamos, están mucho más presentes que cuando vivían pues no tienen las limitaciones del tiempo, del espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo son una presencia pura que irrumpe en nuestra existencia y transforma nuestra soledad y nuestra tristeza. Que ellos intercedan ante el Señor para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre.A nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, les pedimos la paz y el descanso eterno para los difuntos y para nosotros que seguimos peregrinando hacia el Cielo, pedimos la santidad, pues ésta es posible, ¡al cielo con ella! ¡todos de frente valientes!.Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un saludable, santo y fecundo mes.José Gabriel Martín RodríguezConsiliario de la R.F.H.C. de Granada


OCTUBRE-DOMUND 2020

Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.

Volver al trabajo, a la iglesia, a la hermandad y cofradía, a lo cotidiano,… esta ha sido y es nuestra preocupación y casi obsesión en estas horas.

Pues, ya hemos vuelto a los ámbitos y ambientes donde tejemos nuestra vida. “Volver, volver, volver…” No es solo la voz y ritmo de la canción, sino el imperativo y la necesidad que sentimos todos. Nos urgía volver.

Volver a toda nuestra cotidianidad. Ciertamente, con todas las precauciones posibles y cumpliendo al máximo con todas las normas y protocolos sanitarios. Vaya eso por delante, como pide el sentido común y la responsabilidad más elemental de cara a nosotros mismos y también hacia los demás.

Volver. Es la hora de volver y retomar actividades y rutinas en todos los campos de la vida. Es la hora de volver, inevitablemente, a muchos de nuestros trabajos y actividades. La vida tiene que seguir y eso implica salir y volver, retomar compromisos familiares, sociales y laborales.

Volver. Es también la hora de volver a la iglesia, a nuestra parroquia y comunidad eclesial, a nuestra hermandad y cofradía, y poner en pie, poco a poco, con prudencia y decisión al mismo tiempo, formas y actividades que tenemos ahora mismo, y en buena lógica, absolutamente paralizadas.

Octubre ha llegado y nos trae, como cada año, el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND). El lema: “¡Aquí estoy, envíame!”. Tiene como texto inspirador “¿A quién enviaré? ¡Aquí estoy, envíame!” de Isaías 6, 8. Ayudándonos a resituar la misión desde el propio contexto y realidad. Por ello el misionero debe estar preparado para responder con eficacia y calidad desde su encuentro personal con el Dios de la Vida.

         Sólo entonces tendrá el coraje y la disponibilidad para ser y sentirse enviado “¡Aquí estoy, envíame!”. El misionero ha de tener la valentía de seguir rompiendo fronteras, porque la alegría del evangelio debe llegar a cada hogar, a cada hermano y hermana.

El DOMUND, nos llama y urge al compromiso para que, como cristianos y cofrades, discípulos y apóstoles, seamos misioneros, y juntos con nuestra plegaria y aportación económica generosa, hagamos posible el sueño de ser una IGLESIA MISIONERA, SOLIDARIA y siempre dispuesta a llevar el Evangelio a todos los rincones del mundo entero.

Nada puede desanimarnos, al contrario confiemos en Dios, en María nuestra Madre, Reina de las Misiones y Estrella de la Evangelización, y todos los santos misioneros.

En la vuelta al tajo y trabajo, miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que nos alcancen el ingenio y el acierto, el arrojo y el celo apostólico, porque esta es también la hora de la Nueva Evangelización, ¡al cielo con ella! ¡todos de frente valientes!.

Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un saludable y fecundo curso cofrade.

José Gabriel Martín Rodríguez.

Consiliario de la R.F.H.C. de Granada.